viernes, 4 de junio de 2021

Tocó el manto de Jesús

 


Flujos de Sangre

Encontraremos en Levítico 15: 19 - 30 lo siguiente...

Cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su carne, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare, será inmundo hasta la tarde. Y todo aquello sobre que ella se acostare mientras su separación, será inmundo; y todo aquello sobre que se sentare, será inmundo. Y cualquiera que tocare su cama, lavará sus vestidos, y a sí mismo se lavará con agua, y será inmundo hasta la tarde. También cualquiera que tocare cualquier mueble sobre que ella se hubiere sentado, lavará sus vestidos; se lavará luego a sí mismo con agua, y será inmundo hasta la tarde. Y si alguna cosa estuviere sobre la cama, o sobre la silla en que ella se hubiere sentado, el que lo tocare será inmundo hasta la tarde. Y si alguno durmiere con ella, y la inmundicia de ella fuere sobre él, será inmundo por siete días; y toda cama sobre que durmiere, será inmunda. Y la mujer, cuando manare el flujo de su sangre por muchos días fuera del tiempo de su costumbre, o cuando tuviere flujo de sangre más de su costumbre; todo el tiempo del flujo de su inmundicia, será inmunda como en los días de su costumbre.

Cualquiera que tocare en esas cosas será inmundo; y lavará sus vestidos, y a sí mismo se lavará con agua, y será inmundo hasta la tarde. Y cuando fuere limpia de su flujo, se ha de contar siete días, y después será limpia. ...(sigue)


   Según las prescripciones del Viejo Testamento, el periodo menstrual volvía impura a la mujer. Era como si hubiese cometido el pecado de contrariar a la Naturaleza, frustrando su empeño en perpetuar la especie. Y transmitía impureza a personas, muebles, ropas y objetos con los cuales tuviese contacto.

Eran días penosos, marcado por cuidados extremos, a fin de evitar contaminaciones. Eso le imponía cierta soledad.

Se distanciaba de las personas en el propio hogar, evitando efusiones afectivas, como acariciar a un hijo. Si el periodo era difícil, imaginemos la mujer que, en virtud de un problema ginecológico, experimentase un flujo semejante a la interminable menstruación.

Hoy sabemos que se trata de una pequeña hemorragia, generada por variados males, como un tumor, disturbio hormonal, infección renitente…

En la antigüedad era precarios los recursos médicos. La paciente quedaba, no es raro, largos periodos situada como impura, en una posición humillante.

Uno de los más bellos episodios evangélicos envuelve esa situación. Significativo el título:

“La hemorroísa”.

Hablan los evangelistas de cierta mujer que desde hacía doce años permanecía catamenial, es decir, menstruada.

Marcos afirma que sufrió mucho; consumió tratamientos variados todo lo que tenía, sin mejorar. Por el contrario – estaba cada vez peor.

Imaginemos su sufrimiento. Ninguna mujer encuentra agradable el flujo menstrual, acompañado, casi siempre, de tensión, cólicos, dolores, irritación, depresión, angustia…Y como si la Naturaleza le cobrase el hecho de no haber concebido.

¡Imaginemos a quien se sintiese menstruada desde hace doce años!

Consideremos, para efecto de narrativa, que la hemorroísa era la legendaria Verónica.

Oyó hablar de Jesús, conocía los prodigios que realizaba. Tenía absoluta certeza de que el bondadoso Rabí resolvería su problema. Al final, parar el flujo menstrual era mucho más fácil que dar visión a los ciegos, dar movimiento a los paralíticos, audición a los sordos…

Había un problema:

¿Cómo acercarse a Jesús y dirigirle la palabra, siendo impura? Le parecía impertinencia, una osadía…

Inmenso el peso de los preconceptos que oprimían a la mujer en aquellos tiempos lejanos.

Indecisa en principio, Verónica se animó con un ejercicio de lógica cristalina: No hacía falta hablar con Jesús.

El poder que estaba en sus manos y en su voz impregnaba también sus ropas.

¡Bastaría tocar en una punta de su túnica y seria curada! Así, esperó ansiosa, la bendecida oportunidad.

Cuando el Maestro pasó por las inmediaciones, en Cafarnaúm, regresando de Gerasa, fue a su encuentro. La multitud lo rodeaba.

Venciendo la timidez, con infinito cuidado para no contaminar a nadie con su impureza, Verónica, se aproximó a Jesús, que caminaba delante de ella.

¡Fue tomada de inexplicable emoción!

¡Finalmente llegó el momento tan esperado!

¡Estaba cerca del Mesías!

Sin vacilar, extendió sus temblorosas manos y tocó sus ropas…

Si viviese en nuestro tiempo, diría haber experimentado un suave choque eléctrico, un hormigueo extendiéndose en su cuerpo. Sintió, instantáneamente, que el flujo sanguíneo cesaba.

¡Alcanzó la gracia soñada! Podemos imaginar su alegría.

- ¿Quién me tocó? - preguntó Jesús.

Evidentemente sabia quien lo hizo. Solamente deseaba destacar aquella gloriosa manifestación de fe.

Simón Pedro, respondió:

- Maestro, la multitud nos comprime. Hay mucha gente a nuestro alrededor. ¿Cómo vamos a saber quién te tocó?

Jesús insistió:

- Alguien me tocó. Percibí que salió de mi un poder.

¡¡¡Verónica tembló!!!

Los doce años de impureza hicieron de ella una mujer solitaria, tímida, temerosa de contacto con las personas. Pero, convocada al testimonio, en aquel glorioso momento que habría de marcar para siempre su trayectoria... no vaciló.

Se arrodilló delante de Jesús y le relató sus dolorosas experiencias, el mal que la atormentaba desde hacía doce años y porque tocó sus ropas.

¡Suprema felicidad! ¡estaba curada!

Jesús levantó a Verónica y, abrazándola cariñosamente, le dijo:

- ¡Hija, tu fe te salvó! Ve en paz y queda libre de tu mal.

Un prodigio extraordinario más era realizado por el misionero divino. Nuevamente quedaba demostrado:

La fe era la base fundamental para que las personas recibiesen sus bendiciones.

¿La cura es el premio para la fe?

¿Jesús rechaza a ayudar a los que no creen en Él? ¡Ciertamente, no!

Inaceptable tal comportamiento por parte de alguien que vino para acabar con discriminaciones y preconceptos.

El Maestro nos ayuda a todos. Incluso los incrédulos pertenecen al inmenso rebaño humano, conducidos por el celeste pastor. Pero hay una condición establecida por las leyes divinas para el atendimiento de nuestras suplicas:

La sintonía vibratoria.

Semejante a Verónica, no es necesario exponer resentimientos y deseos, ni anunciar problemas y enfermedades. Basta tener fe, la certeza plena de que seremos agraciados.

Imaginémonos extendiendo las manos a Jesús, como Verónica…

¡Sentiremos el poder que fluye, emanado de la espiritualidad, haciendo cesar el flujo de nuestros dolores!


Extraído del libro: Tu fe te salvó, de Richard Simonetti

La confianza y sintonía con Jesús, es la solución a nuestro diario vivir.

(Está un poco recortado, por no hacerlo tan extenso)

domingo, 11 de abril de 2021

Maria de Magdala

 



MAGDALENA

 

La primera visita de Jesús, en la resurrección, es uno de los hechos mas significativos del Evangelio que invita a la meditación profunda y esmerada.

¿Qué importantes razones movieron al Divino Maestro a dejar de lado a tantas figuras más próximas a su vida para resurgir ante los ojos de Magdalena en primer lugar?

No obstante, el gesto de Jesús es profundamente simbólico, en su esencia divina.

Entre los personajes de la Buena Nueva, nadie se violentó tanto a sí mismo para seguir al Salvador, como la inolvidable obsesa de Magdala.

Ni siquiera Pablo de Tarso haría tanto, mas tarde, porque la conciencia del apóstol de los gentiles se apasionaba por la Ley, pero no por los vicios. Pero Magdalena había conocido el fondo amargo de los hábitos difíciles de ser extirpados, había sucumbido al contacto con entidades perversas, permanencia “muerta” en las sensaciones que operan la parálisis del alma. Pero, bastó el encuentro con el Cristo para abandonarlo todo y seguir sus pasos, fiel hasta el fin, en los actos de negación de si misma y en la firme resolución de tomar la cruz que le competía en el calvario redentor de su angustiosa existencia.

Es comprensible que muchos estudiantes investiguen la razón por la cual no se apareció el Maestro, en primer lugar, a Pedro o a Juan, a su Madre o a los amigos. Sin embargo, es igualmente razonable reconocer que, con su gesto inolvidable, Jesús ratificó la lección de que su doctrina será, para todos los aprendices y seguidores, el código de las vidas transformadas para la gloria del bien. Y nadie había transformado la suya, a la luz del Evangelio redentor, como Maria de Magdala.

 

Del libro: Camino, Verdad y Vida, psicografiado por Francisco Cándido Xavier, dictado por el Espíritu Emmanuel.


miércoles, 30 de diciembre de 2020

Pequeño resumen de la vida de Juana de Cusa




 JUANA DE CUSA

Entre la multitud que invariablemente acompañaba a Jesús en las predicaciones del lago, se encontraba siempre una mujer de rara dedicación y noble carácter, de las más altamente colocadas en la sociedad de Cafarnaúm. Se trataba de Juana, consorte de Cusa, intendente de Antipas, en la ciudad donde se unían intereses vitales de comerciantes y pescadores.

Juana poseía verdadera fe; con todo, no consiguió escaparse de las amarguras domésticas, porque su compañero de luchas no aceptaba las claridades del Evangelio. Considerando sus íntimos sinsabores, la noble dama buscó al Mesías, en una ocasión en que él descansaba en casa de Simón, y le expuso la larga serie de sus contrariedades y padecimientos. El esposo no toleraba la doctrina del Maestro. Alto funcionario de Herodes, en perenne contacto con los representantes del Imperio, repartía sus preferencias religiosas alternativamente, o con los intereses de la comunidad judía, o con los dioses romanos, lo que le permitía vivir en tranquilidad fácil y rentable.

Juana confesó al Maestro sus temores, sus luchas y disgustos en el ambiente doméstico, exponiendo sus amarguras de acuerdo a las divergencias religiosas existentes entre ella y el compañero. Después de escuchar su larga exposición, Jesús ponderó:

— Juana, sólo hay un Dios, que es Nuestro Padre, y sólo existe una fe para nuestras relaciones con su amor. En el mundo, ciertas manifestaciones religiosas, muchas veces no pasan de vicios populares en los hábitos exteriores. Todos los templos de la Tierra son de piedra; yo vengo, en nombre de Dios, a abrir el templo de la fe viva en el corazón de los hombres. Entre el sincero discípulo del Evangelio y los errores milenarios del mundo, comienza a trabarse el combate sin sangre de la redención espiritual. Agradece al Padre el haberte juzgado digna de buen trabajo, desde ahora. ¿Tu esposo no comprende tu alma sensible? Algún día lo hará. ¿Es irreflexivo e indiferente? Ámalo, aun así. No te encontrarías unida a él si no hubiera para eso razón justa. Sirviéndolo con amorosa dedicación, estarás cumpliendo la voluntad de Dios. Me hablas de tus recelos y tus dudas. Debes, por el Evangelio, amarlo aún más. Los sanos no necesitan de médico. Además de eso, no podemos recoger uvas de los espinos, pero podemos abonar el suelo que produjo cardos venenosos, para cultivar en él mismo, la maravillosa vid del amor y de la vida.

Juana dejaba entrever en el suave brillo de los ojos la satisfacción íntima que aquellos esclarecimientos le causaban; pero, patentando todo su estado de alma, interrogó:

— Maestro, vuestra palabra alivia mi espíritu atormentado; entretanto, siento extrema dificultad para un entendimiento recíproco en el ambiente de mi hogar. ¿No juzgáis correcto que luche por imponer vuestros principios? ¿Actuando así, no estaré reformando a mi esposo para el cielo y para vuestro reino?

Cristo sonrió serenamente y respondió:

— ¿Quién sentirá más dificultad en extender las manos fraternas, será el que llegó a las márgenes seguras del conocimiento con el Padre, o aquél que aún se debate entre las olas de la ignorancia o la desolación, de la inconstancia o de la indolencia del espíritu? En cuanto a la imposición de las ideas — continuó Jesús, acentuando la importancia de sus palabras —, ¿por qué motivo Dios no impone su verdad y su amor a los tiranos de la Tierra? ¿Por qué no fulmina con un rayo al conquistador desalmado que extiende la miseria y la destrucción, con las fuerzas siniestras de la guerra? La sabiduría celeste no extermina las pasiones: las transforma. Aquél que sembró el mundo de cadáveres, despierta, a veces, para Dios, apenas con una lágrima. El Padre no impone la reforma a sus hijos: los esclarece en el momento oportuno. Juana, el apostolado del Evangelio es el de colaboración con el cielo, en los grandes principios de la redención. Sé fiel a Dios, amando a tu compañero del mundo, como si fuera tu hijo. No pierdas tiempo en discutir lo que no sea razonable. Dios no entra en contiendas con sus criaturas y trabaja en silencio, por toda la Creación. ¡Anda!... ¡Esfuérzate también en el silencio y, cuando convocada al esclarecimiento, haz uso del verbo dulce o enérgico de la salvación, según las circunstancias! ¡Vuelve al hogar y ama a tu compañero como el material divino que el cielo colocó en tus manos para que talles una obra de vida, sabiduría y amor...

Juana de Cusa experimentaba un alivio blando en el corazón. Enviando a Jesús una mirada de cariñoso agradecimiento, aún escuchó sus últimas palabras:

— ¡Anda, hija!... ¡Sé fiel!

Desde ese día, memorable para su existencia, la mujer de Cusa experimentó en el alma la claridad constante de una resignación siempre lista al buen trabajo y siempre activa para la comprensión de Dios. Como si la enseñanza del Maestro estuviese ahora grabada indefinidamente en su alma, consideró que, antes de ser esposa en la Tierra, ya era hija de aquél Padre que, del Cielo, conocía su generosidad y sacrificios. Su espíritu divisó en todas las labores una luz sagrada y oculta. Trató de olvidar todas las características inferiores del compañero, para observar solamente lo que poseía él de bueno, desarrollando, en las menores oportunidades, el embrión vacilante de sus virtudes eternas. Más tarde, el cielo le envió un hijito, que vino a duplicar sus trabajos; ella, sin embargo, no olvidando las recomendaciones de fidelidad que Jesús le había hecho, transformaba sus dolores en un himno de triunfo silencioso en cada día.

Los años pasaron y el esfuerzo perseverante le multiplicó los bienes de la fe, en la marcha laboriosa del conocimiento y de la vida. Las persecuciones políticas aparecieron sobre la existencia de su compañero. Con todo, Juana se mantenía firme. Torturado por las ideas odiosas de venganza, por las deudas insaldables, por las vanidades heridas, por las molestias que le achacaban el cuerpo, el ex-intendente de Antipas volvió al plano espiritual, en una noche de sombras tempestuosas. Su esposa, todavía, soportó los sinsabores más amargos, fiel a sus ideales divinos edificados en la confianza sincera.

Obligada por las necesidades más duras, la noble dama de Cafarnaúm buscó trabajo para mantenerse con el hijo que Dios le confió. Algunas amigas le llamaron la atención, tomadas de respeto humano. Juana, no obstante, buscó esclarecerlas, alegando que Jesús igualmente había trabajado, haciendo callosas sus manos con las sierras de modesta carpintería y que, sometiéndose ella a una situación de subalternidad en el mundo, se dedicaba primeramente a Cristo, de quien se había hecho devota esclava.

Llena de sincera alegría, la viuda de Cusa olvidó el confort de la nobleza material, se dedicó a los hijos de otras madres, se ocupó con los más bajos quehaceres domésticos, para que su hijito tuviese pan. Más tarde, cuando la nieve de las experiencias del mundo le encaneció los primeros cabellos de la frente, una galera romana la conducía en su interior, en calidad de humilde sierva.

En el año 68, cuando las persecuciones al Cristianismo eran intensas, vamos a encontrar, en uno de los espectáculos sucesivos del circo, a una vieja discípula del Señor amarrada a un poste de martirio, al lado de un hombre nuevo, que era su hijo. Ante el vociferar del pueblo, fueron ordenadas las primeras flagelaciones.

¡¡Abjura!!... — exclama un ejecutor de las órdenes imperiales, de mirada cruel y sombría.

La antigua discípula del Señor contempla el cielo, sin una palabra de negación o de queja. Entonces el látigo vibra sobre el joven semidesnudo, que exclama, entre lágrimas: "— ¡Repudia a Jesús madre mía!... ¿¡No ves que nos perdemos?! ¡Abjura! ¡Por mí, que soy tu hijo!.."

Por la primera vez, de los ojos de la mártir corrió una fuente abundante de lágrimas. Los ruegos del hijo son espadas de angustia que le destrozan el corazón.

¡Abjura!... ¡Abjura!

Juana escucha aquellos gritos, recordando su vida entera. El hogar feliz y festivo, las horas de ventura, los disgustos domésticos, las emociones maternales, los fracasos del esposo, su desesperación y su muerte, la viudez, la desolación y las más duras necesidades... En seguida, ante los apelos desesperados del hijo, recordó que María también había sido madre y, viendo a su Jesús crucificado en el madero de la infamia, supo conformarse con los designios divinos. Sobre todo los recuerdos, como alegría suprema de su vida, le pareció escuchar aún al Maestro, en casa de Pedro, diciéndole:

— " ¡Anda hija! ¡Sé fiel!"

Entonces, poseída de fuerza sobrehumana, la viuda de Cusa contempló a la primera víctima ensangrentada y, fijando en el joven una mirada profunda e inexpresable, en su dolor y en su ternura, exclamó firmemente:

— ¡Calla hijo mío! Jesús era puro y no despreció el sacrificio. ¡Sepamos sufrir en la hora dolorosa, porque, antes de todas las felicidades transitorias del mundo, es necesario ser fiel a Dios!

En ese momento, con los aplausos delirantes del pueblo, los verdugos incendiaron a su alrededor, leñas impregnadas de resinas inflamables. En pocos instantes, las llamaradas llegaron a su cuerpo envejecido. Juana de Cusa contempló con serenidad la masa popular que no entendía su sacrificio. Los gemidos de dolor morían ahogados en el pecho oprimido. Los verdugos de la mártir la insultaban aún en la hoguera:

¿Tu Cristo supo apenas enseñarte a morir? — preguntó uno de los hombres.

La vieja discípula, concentrando su capacidad de resistencia, tuvo aún fuerzas para murmurar:

¡No apenas a morir, sino también a poderte amar!...

En ese instante, sintió que la mano consoladora del Maestro le tocaba suavemente los hombros, y escuchó su voz cariñosa e inolvidable:

¡Juana, ten buen ánimo!... ¡Yo estoy aquí!..

viernes, 27 de marzo de 2020

Sublime oración a Jesús


Sublime dispensador de bendiciones:

     Cuando la madrugada rompe la oscuridad de la ignorancia y anuncia el día de júbilo, aquellos que te servimos, te saludamos en tu condición de Sol de Primera Magnitud, suplicando que Tu luz diluya toda nuestra maldad y dé lugar a la instalación del reino del amor en nuestras vidas.

     Somos tus discípulos equivocados, que volvemos al rebaño gracias  tu misericordia, después del abandono que nos impusimos a lo largo del sendero evolutivo.

   Recíbenos como somos, a fin de que logremos aprender a ser como deseas.

     Nuestra oferta a Tu magnánimo corazón ya no es la copa de hiel de la ingratitud o del abandono, sino el compromiso de serte fieles en cualquier circunstancia que enfrentemos mañana, comprendiendo que incluso el sufrimiento es una dádiva celeste para nuestra purificación.

     Como recibiste a Pedro arrepentido y le confiaste la dirección del grupo atemorizado, y fuiste a buscar a Judas en las regiones infernales, concediéndole la oportunidad de los renacimientos purificadores, concédenos, también, a todos nosotros, los discípulos ingratos, la misericordia de Tu perdón en forma de renovación íntima, a través de los incontables procesos de las reencarnaciones liberadoras.

     Permite que tus mensajeros abnegados permanezcan con nosotros en Tú nombre, auxiliándonos en el proceso de iluminación, a fin de que toda la oscuridad que dejamos en la senda se convierta en claridad,  y nos decidamos a seguir adelante sea cual fuere el precio a rescatar.

     ¡¡JESÚS!!  Concédenos Tu dulce paz, a fin de que seamos dignos de Ti,... hoy,... mañana... y siempre.


Del libro Amanecer de una nueva era, Por Divaldo Franco, Manoel Philomeno de Miranda, espíritu

domingo, 4 de agosto de 2019

JESÚS Y EL CORAJE




   ¡El coraje de Jesús!

   La suya fue una vida de constantes desafíos.

   En lucha continua en favor del Bien, jamas dejó de actuar correctamente, con firmeza.

   El mensaje del que se hizo portador, con el objetivo de liberar las conciencias humanas para la Verdad, hizo de Él el paladín del coraje

Un tesoro escondido

Nos referimos a una leyenda oriental...

     En la cual una una joven señora, caminando con el hijito en los brazos, pasó por delante de una extraña gruta, desde donde una voz agradable y seductora la llamó, invitándola a entrar y apropiarse de los tesoros allí existentes, bellos y raros, como los ojos humanos jamas vieron antes. Sintiéndose aturdida, fue dominada por la curiosidad, por el hecho de oír la desconocida voz y por la fascinante propuesta. Como nuevamente escuchase la invitación para tornarse muy rica, oyó con nitidez que la voz le decía que todo lo que podría recoger antes de salir, pasaría a pertenecerle, empero, en el momento en que se apartase de la caverna, una pesada puerta descendería y no se abriría jamás. que tuviese, pues, cuidado por cuanto estaba delante de un hecho de felicidad nada común, y no podría volver al lugar después que la puerta fuese cerrada.

     La afortunada mujer miró a su alrededor, y como no viese a nadie, imaginó que no tendría nada que perder si entraba, lo que izo de inmediato, quedando deslumbrada al contemplar joyas de peregrina belleza, gemas preciosas, collares relucientes, recipientes de ébano y alabastro, estatuas de incomparable perfección cubiertas de lapislázuli, esmeraldas, diamantes, rubíes, perlas.

     No había retornado a la realidad, cuando oyó a la voz repetir:

   - Retira lo que quisieres para llevar, pero ten prudencia, porque después de salir la puerta descenderá y lo que quede atrás, nunca mas será recuperado.

     Dominada por la idea de la inmensa ganancia, comenzó a recoger las piezas que le parecían mas valiosas y porque desease reunir la mayor cantidad, colocó al hijito que tenia en los brazos en un lugar confortable en el suelo, y continuó colocándose en la falda recogida y convertida en depósito, todo cuanto podía cargar.

     Cuando creyó estar con un fardo infinitamente valioso, salió apresuradamente y vio descender la pesada puerta.

     Respiró aliviada y sonrió.

     Se encontraba radiante de felicidad, cuando, súbditamente, recordó que habida dejado al hijito en la caverna...

   - Y la madre, ¿como quedó?

   - ¡Desesperada! Ahora que tenia todo cuanto había anhelado, perdió, olvidando en la gruta, su mayor tesoro.

     Así actuamos en nuestro día a día. Poseemos lo mas importante para la felicidad, y no obstante, continuamos en la caverna de las ambiciones, procurando fantasías y brillos secundarios, perdiendo el tesoro de la paz, sin la cual caemos en el foso de la desesperación sin remedio.


Del libro...: Tormentos de la obsesión
Por Divaldo Franco / Manoel Philomeno de Miranda, Espíritu

martes, 19 de junio de 2018

Un niño abortado, escribe a su mamá




Resultat d'imatges de Aborto



Un niño abortado, escribe a su mamá

     Querida mamá: Soy tu hijo. ¿recuerdas? No he desaparecido, pues Dios me infundió un alma eterna en el momento en que fui concebido. No vi nunca la luz del día, pero vivo para siempre. Sé por qué me mataste. El que debió haber sido mi padre andaba lejos del país. Tú te sentías sola porque el andaba muy ocupado en sus negocios. En su ausencia, surgió otro hombre. De ese romance fui engendrado yo. 

     Nunca olvidaré los meses que me acunaste en tu vientre, ¡me sentí tan seguro y amado!    ¡Comprendo que no me desearas; puesto que pensaría papá a su regreso! Había que blanquear al desliz matando al delator, y este era YO. Por entonces no supe de las discusiones con tu amante, pues él quería verme nacido y tú no. ¡Qué peleas, hasta que le arrancaste el dinero que costó mi defunción! A todo le ponen precio, hasta el asesinato de un inocente. “¡Que caros son los abortos!” comentaste.

     No justifico tu crimen, pero te perdono. Perdono a papá por haber sido tan irresponsable.  También perdono al que, vestido de blanco, se manchó con mi sangre. ¡Que dolor cuando me punzó con aquella enorme aguja y después me despedazó a sangre fría!  Se que tú nunca olvidarás el ruido de aquella aspiradora que se tragó mi cuerpecito a pedazos.  Se que te causó un trauma que llevas en silencio tratando de pensar que no fue nada.  ¡¡¡Si era algo!!! ¡¡¡Era alguien, era yo, tu hijo!!!

     Conozco mamá, tus largas noches en vela y tus sobresaltos. Se que luchaste mucho en tu interior sobre tu decisión de abortarme. En el fondo me amabas, pero pudo más en ti el miedo. Sé que me amabas, pues aun sueñas conmigo y más de una vez te has preguntado, con remordimientos, si soy niña o niño, piensas como sería hoy día y que alegrías te hubiera traído… 

     ¡Soy niño! Me parezco más a ti que al seductor con que andabas. ¡cómo me vas a olvidar, si yo a cada momento pido a Papá Dios que borre esas pesadillas que turban tu descanso y te dan muerte en vida! Por eso, ¡qué alegría cuando buscaste al religioso que te inspiró confianza, y te reconciliaste con el Señor de la Vida! 

     Querida mamá, quiero verte feliz. Recuerda los consejos que te dio aquel señor al despedirte: “¡hija, Dios Padre ya ha hecho su obra de amor en ti y a su tiempo iras sanando.

     Mientras te estoy escribiendo, tengo a mi lado a mi amigo Antonio. Lo mató su mamá porque ella decía ser demasiado joven para ocuparse con ser madre. Tampoco el recibió nombre alguno de sus padres, pero si de Dios quien nos ama infinitamente.  Tengo muchísimos amigos que corrieron la misma suerte.  A Carlitos lo abortaron porque su madre fue violada. El odio y el dolor resultante lo descargaron sobre el pobre inocente. Él se pregunta: “¿Por qué si mi mamá no amaba al hombre que la violó, me mato a mí, que la hubiera amado siempre y jamás me hubiera avergonzado de ella?” Aquí, solo entendemos el lenguaje del amor; por eso, no comprendemos esos “argumentos” acerca del aborto; por mala conformación del feto, por violación, por dificultades económicas de los padres, por no querer más hijos, “que la familia pequeña vive mejor”, etc. 

     Me cuentan que ni las guerras, ni Hitler con sus cámaras de gas letal han realizado tan brutal y desmedida masacre. Con los abortos se ha privado a la humanidad de brillantes poetas, sacerdotes, médicos, filósofos, músicos, pilotos, estadistas, pintores, arquitectos y santos. A mí todos me dicen que quizá hubiera sido un habilidoso cirujano. Cuando nos reunamos, mami, ¡ya verás que manos tengo! Lo que más me agrada es cuando me dicen “¡tu mamá tiene que ser muy hermosa!”

     No llores mami.  Confía en Dios hasta que nos volvamos a ver.  ¡ah!, se me olvidaba, aunque me consumo por verte, no te des prisa en venir, pues mis hermanos te necesitan. Hazles a ellos lo que nunca pudiste hacerme a mí. Fíjate que cuando bañas a mis hermanitos o lo amamantas, no sé, me entra un poquito de añoranza de todo lo que pudo ser y no fue. Me hubiera gustado ser amamantado con la leche de tus pechos; ser acariciado por esas manos tuyas tan lindas y tan semejantes a las mías, manos de cirujano malogrado.

     Quizás te preguntas donde estoy.  No te preocupes, estoy en los “brazos” de Jesús que me amó, y me dará más oportunidades.  En Él, todos encontramos la Vida.

     Y termino pidiéndote un favor. No para mí, comprenderás, sino para otros niños. ¡no los maten como a mí!, si conoces a una joven que quiera abortar o a un sujeto que monta campañas a favor del aborto, o un médico asesino que se burla de Hipócrates, o una enfermera que se presta a ese crimen, extiéndeles el amor de Dios, nuestro Padre.

  Entonces recuérdate de nosotros y dile que no mate más.  Que los niños le pertenecen a Dios.  Gríteles a todos que tenemos derecho a vivir como ellos, y que, aunque nadie nos ame tenemos derecho a vivir y amar.

     ¡Te espero con la boca aún sin estrenar, rebosante de besos que tengo guardados solamente para ti!